Emociones y aprendizaje

Alberto Pocasangre

Nacemos gregarios. A pesar de nuestra delimitación individual y conciencia particular, nuestras actividades están marcadas por relaciones sociales, en las que lo emotivo forma parte integral y en las que los conflictos y las empatías inciden en los resultados. El ejemplo básico sería la familia: ¿cuántas personas se echan a perder por sus relaciones insanas en la casa?

El segundo grupo socializador más importante es la escuela. Por ello, las relaciones positivas en el aula son indispensables para un aprendizaje fluido y eficaz. Sin embargo, por la pandemia, dos tercios del año escolar han sido desarrollados mediante pantallas, mensajes o guías impresas. Y esta nueva dinámica de relacionarse (en la que la cercanía humana desaparece) puede afectar los 
resultados.

Creeríamos que si cumplimos procedimientos, el resultado será igual: si doy clases (virtuales), dejo tareas (virtuales) y califico (virtualmente), el producto será un estudiante formado acorde con los objetivos de la educación nacional; mas existen factores emotivos no explícitos en los procesos, pero inherentes a ellos: la relación entre pares dentro del aula, el contacto con otros grados para comparar niveles de experiencia y, muy importante, las relaciones con figuras de autoridad, confianza y modelaje.

Las relaciones positivas en el aula son indispensables para un aprendizaje fluido y eficaz

Tenemos un nuevo escenario del que ignoramos duración exacta y consecuencias, en el que se facilita la metodología llenando requisitos formales de envío y recibimiento de tareas o clases en las que ni siquiera nos vemos los rostros (para que el internet no falle o los chicos no se distraigan), pero en el que perdemos contacto cercano, consejos, bromas, anécdotas, dramas, apretones de mano, sonrisas… En fin, la cara humana de la educación. 

Esto agrega otro reto: mantener la cercanía con los estudiantes, el nivel humanitario. ¿Difícil? ¡Claro! Nos demandará más tiempo que les preguntemos cómo están, los animemos a contar sus necesidades, preocupaciones y alegrías; que omitamos una clase para dejarlos conversar, mirarse entre ellos e interrumpirse; que no nos obsesione completar el programa de estudios; que les mandemos mensajes de cariño y ánimo; que nos ocupemos de su salud mental y emocional, que comprendamos cuando no cumplan expectativas, pues la angustia familiar los rebasa. 

Debemos sembrar emociones positivas para provocar aprendizaje eficaz. 

Realmente no importa lo que aprendan —pueden aprenderlo después—, sino en lo que se conviertan, porque el objetivo más importante de la educación es formar a seres felices e independientes. 

Por eso hay que mantener humanizada la educación. Y los docentes no debemos olvidarlo.

Alberto Pocasangre | Director